Los verdaderos creyentes siempre buscan el avivamiento que viene de Dios para Su pueblo. Todos sabemos que el avivamiento personal es necesario para el avivamiento de nuestras iglesias, pero ¿cuál es la clave al avivamiento personal? Cuando pensamos de un avivamiento personal, y todos estamos de acuerdo en esto, sabemos que ese verdadero avivamiento personal llega a cada persona por el deseo de establecer o de restablecer de buena voluntad esa amorosa relación con nuestro Señor Jesús, la cual comienza por el nuevo nacimiento: «Respondió Jesús y le dijo (a Nicodemo): De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver [no puede entrar en] el reino de Dios» Juan 3:3-5. El arrepentimiento nos humilla a todos cuando recibimos por fe nuestra gran salvación, y nos lleva a recibir personalmente de Dios el perdón de todos nuestros pecados. Pero, después de recibir la salvación, esa humillación tiende a descolorarse y experimentamos un resurgimiento del orgullo - un orgullo que muchas veces llega a ser tan sofisticado que se adapta a la vida cristiana de manera que no podemos verlo sin las convicciones del Espíritu Santo.
Nos justificamos, razonando de tal manera nuestro orgullo, e incluso lo espiritualizamos, sin reconocer que «Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes» Santiago 4:6. Hacemos tan oculto nuestro propio orgullo que no vemos la necesidad de obedecer el mandamiento de las Sagradas Escrituras de humillarnos delante de Dios de continuo: «Igualmente, jóvenes, estad sujetos a los ancianos; y todos, sumisos unos a otros, revestíos de humildad; porque Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que Él os exalte cuando fuere tiempo; echando toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros» Primera de Pedro 5:5-7.
Necesitamos la humildad personal para poder recibir en verdad el amor que otros nos ofrecen. El orgullo no permite que seamos lo suficiente sumisos para recibir de veras cualquier acción amorosa de otras personas - especialmente el regalo del amor de Dios. Por esa razón no estamos dispuestos a recibir el amor de Jesús - y así llegar a amarle a Dios de todo corazón - para tener una relación personal y un compañerismo verdadero con Él. Tenemos que elegir entre el orgullo y el propósito de nuestro Padre Celestial para nuestras vidas (el no tomar una decisión es elegir el orgullo personal). Dios siempre desea prepararnos para vivir con Él ahora y para siempre.
Tenemos que ver que no podemos ser preparados para vivir con Dios a menos que dejemos atrás el orgullo y entremos en una relación personal (un compañerismo) con Él. La relación con Dios es explicada de varias maneras por toda la Biblia - es el tema continuo de la Biblia y especialmente en las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo - es la única manera que podemos recibir la dirección referente al propósito que Dios tiene para nuestras vidas, para eso fuimos sellados por el Espíritu Santo al momento de creer en Cristo (Efesios 1:13-14). «Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él» Romanos 8:9. Las Santas Escrituras nos amonestan para recibir el amor de Dios y para amarlo a Él en retorno - para poder habitar en Su amor - y para vivir realmente en unión con Él (la comunión con el Padre según Primera de Juan 1:3-10), mientras que devolvemos Su amor al compartirlo con otros (Miqueas 6:6-9). Esta relación amorosa con nuestro Padre Celestial, a través de seguir las pisadas de Cristo, es la única definición correcta del cristianismo según Primera de Pedro 2:19-25.
Jesús le dio la mayor importancia a esta verdad de la relación con nuestro Padre Celestial cuando Él dijo: «Y amarás al Señor tu Dios (1)con todo tu corazón, y (2)con toda tu alma, y (3)con toda tu mente, y (4)con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento» Marcos 12:30. Si no estamos continua y activamente buscando cómo obedecer este mandamiento, entonces no solamente somos desobedientes, pero también estamos sin una preparación espiritual, desaprobados e incompletos para ir a vivir con Él (no estamos hablando de poder perder la salvación, pero de la pérdida de las recompensas eternas).
Es por esta relación amorosa (la verdadera comunión) que podemos llegar a estar completos en nuestro Señor Jesucristo: «Porque en Él (en Cristo) habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en Él, que es la cabeza de todo principado y potestad» Colosenses 2:9-10. Mas nuestro orgullo siempre está presente para evitar que esto pase. Es de suma importancia examinarnos para descubrir el lugar (o los lugares) donde nuestro orgullo hace hincapié, y al mismo tiempo vamos a pedirle a Dios que perdone y que limpie todos esos pecados que nos asedian tan fácilmente (Primera de Juan 1:9 y Hebreos 12:1-2).
Para de veras llegar a estos pasos necesitamos las convicciones del Espíritu Santo, pues el orgullo siempre tiende a ocultarse en los rincones de nuestros pensamientos (Segunda de Corintios 10:3-6). Pero no recibiremos esas convicciones a menos que las deseemos de todo corazón, por eso tenemos que cumplir y obedecer de continuo a Romanos 12:1-2, Colosenses 2:8, y Primera de Timoteo 6:11-21.
Nuestro Dios nos dice: «Porque Yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis. Entonces Me invocaréis, y vendréis a Mí, y Yo os oiré; y Me buscaréis y Me hallaréis, porque Me buscaréis de todo vuestro corazón» Jeremías 29:11-13.
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Pero tenemos que examinarnos diariamente y tener mucho cuidado, porque Jeremías también nos dice: «Engañoso es el corazón, más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?» Jeremías 17:5-10. Sin un deseo genuino de buscar a Dios de todo corazón, nunca estaremos dispuestos a recibir las correctas convicciones del Espíritu Santo que necesitamos, y el orgullo continuará bloqueando la recepción del amor de Dios. Está bien claro en las Santas Escrituras que nosotros somos los responsables de buscar y encontrar cómo sanar y santificar los deseos de nuestros corazones (Tito 2:11-15).
Es nuestra responsabilidad saber y estar conscientes de continuo que el orgullo es la manifestación de esa parte de nuestro ser que nos separa de nuestro Dios. La Biblia nos explica que fue el orgullo de Satanás que lo llevó a rebelarse contra Dios. Dios le dijo: «Tú, querubín grande, protector, Yo te puse en el santo monte de Dios, allí estuviste; en medio de las piedras de fuego te paseabas. Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad» Ezequiel 28:14-15. Isaías también habla de Satanás diciendo: «¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones. Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo. Mas tú derribado eres hasta el Seol (el infierno), a los lados del abismo» Isaías 14:12-15.
Cuando honestamente nos examinamos y miramos cómo el orgullo nos separa de Dios, es entonces que deseamos en nuestros corazones el poder para ser librados del orgullo. Es aquí que los verdaderos creyentes son quebrantados y vienen sumisos y humillados delante de nuestro Dios para rogar realmente por la gran bendición y convicción del Espíritu Santo. Entonces, al responder a esas convicciones del Espíritu Santo, es que el camino se abre para que podamos recibir el resto de las bendiciones de Dios, Su dirección y Su propósito para nuestras vidas, e incluso esa relación amorosa que siempre nos lleva al avivamiento: «Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados» Isaías 57:15.
Después de esas bellas y eternas palabras de Jesús: «Y amarás al Señor tu Dios (1)con todo tu corazón, y (2)con toda tu alma, y (3)con toda tu mente, y (4)con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento», es entonces que nos dice: «Y el segundo mandamiento es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos» Marcos 12:30-31. Por esta razón es que al final de esta gran enseñanza Jesús dijo: «De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas» Mateo 22:40. Estudiemos cuidadosamente a Isaías 1:16-20 y 59:1-3.
Todos deseamos ver el avivamiento en nuestras iglesias, pero «el corazón del problema es el problema del corazón», pues en verdad no deseamos comenzar donde el verdadero avivamiento comienza. El principio ocurre cuando preparamos y examinamos individualmente nuestros corazones, nos humillamos, comenzamos a recibir el amor de Dios, y en contestación a ese gran amor, nosotros le amamos a Él en retorno (1)con todo nuestro corazón, (2)con toda nuestra alma, (3)con toda nuestra mente, y (4)con todas nuestras fuerzas. Fue Dios «el que no escatimó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con Él (junto con Cristo) todas las cosas?» Romanos 8:32. La relación que sigue es la clave que le abre las puertas al avivamiento. No tenemos la fuerza para obedecer el mandamiento de amar a Dios a menos que primeramente recibamos Su amor.
Cuando nosotros recibimos Su amor, es entonces que podemos recibir a Jesucristo como nuestro único Salvador personal, porque Él es amor. Es exacto aquí que recibimos la plenitud y la llenura de Su Espíritu Santo, y así llegamos a practicar (por medio de Su poder) el amarlo: (1)con todo nuestro corazón, (2)con toda nuestra alma, (3)con toda nuestra mente, y (4)con todas nuestras fuerzas. Es aquí que recibimos el poder para «permanecer en Él» (según Juan 15:1-17), y poder vivir en ese compañerismo y en ese amor que viene a costo de una comunión continua con Jesús, así como Él está en comunión con el Padre, una comunión por medio de un intercambio de amor.
Aquí encontramos el verdadero avivamiento, y es aquí que comienza el verdadero camino con Dios, no a base de un enlace emocional, ni por medios de ritos y tradiciones, sino por medio de un avivamiento genuino que, por medio de la fe, tiene un efecto de larga duración, y aun más importante, nos lleva a un amor y a un crecimiento espiritual que verdaderamente puede cambiar al pueblo de Dios y también tiene el poder para cambiar al mundo entero (Juan 13:35 y 15:16).
MISIÓN HISPANA DEL DESIERTO
Pastor Charles Alonso
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